viernes, 16 de diciembre de 2011

23 Bs de placer


Estoy en mi oficina sentado frente a mi computadora, leyendo los recientes emails que tengo en mi bandeja de entrada. Nada importante, pienso; sin embargo, no puedo dejar de leerlos. Es impresionante la cantidad de basura que se puede recibir por correo. Me paseo temerosamente  por el twitter a ver qué hay de nuevo. Más de lo mismo. Información del tráfico. Las útimas noticias inútiles del mundo. De repente algo divertido que decido retuitear (No sé si ese verbo ya existe en la RAE pero recientemente lo leí por ahí). Vuelvo a mi bandeja de entrada y nada parece cambiar. Qué fastidio. Será que tendré otro de eso días aburridos en el que odio mi trabajo y quiero escaparme. Decido que tengo sed y que quiero ir al baño, y subo a la azotea. Cualquier cosa para acortar el tiempo que paso sentado en la oficina pretendiendo hacer algo, y no hacer nada.

“Buen día, Sra. Nélida” Saludo a la Sra. de servicios. Tomo agua y voy al baño aparentando tener ganas de hacerlo. Entro y me siento un rato en la poceta a pensar por qué sigo aún en este trabajo. Será que he tomado el camino incorrecto. Qué ladilla... Decido bajar a seguir haciendo nada.

Aún no termino de entrar en la oficina y mi compañera me dice “nos vamos”. Oh, shit. ¿A dónde tendremos que ir?. “¿Pa’ dónde?”, le pregunto. “Tenemos que hacer un inspección para la instalación de una planta de 150kVA en Tazón”, me dice. “Ok, ya preparo todo”. Qué fastidio, otra inspección que de seguro no terminará en nada, como el 80% de las inspecciones que hemos hecho. Preparo todo y nos vamos.

Dos horas en colas interminables para llegar al sitio. Dos horas hablando con el cliente, tratando de entender qué es lo que quiere. La mayoria de los clientes no tiene ni la más remota idea de siquiera para que quiere una planta, y mucho menos cuáles son los tableros eléctricos que quiere respaldar ni qué está conectado a ellos. Siempre terminan diciendo cualquier cosa y acabamos por aceptar sus palabra como ciertas cubriéndonos las espaldas con la frase “según lo mencionado por el cliente” en caso de algún error. Es más fácil así, sino las dos horas que invertimos en hacer la inspección se traducirían en cuatro o más.

Volvemos a la oficina, no sin antes pasar por las respectivas colas caraqueñas perdiendo nuevamente dos horas en ellas. Llegamos y ya es hora de irnos. Otro día más en la suma constante de tiempo de vida gastado. Wow, cuánto tiempo de mi vida le he dedicado a este trabajo. Parece poco, pero para mí ha sido una eternidad. Cada día que pasa siento que la empresa me chupa mis años de vida sin que pueda decir que camino rumbo a algo. En fin...

Salgo con cierta satisfacción por al menos haber hecho algo en el día y porque por fin ha terminado (laboralmente hablando). Camino al metro apresurado como siempre. No sé por qué tengo esa manía de caminar todo el tiempo rápido aun cuando no tengo apuro en llegar al sitio. Llego al metro y parece un mercado de gente. Otra vez abarrotado. ¿Será que el gobierno no buscará solución a este problema? Siempre lo mismo. A duras penas logro montarme en un vagón que de paso no tiene aire acondicionado. La gente desesperada por montarse comienza a empujar y a empujar como si así se harán más delgados y cabrán más. En el camino decido bajarme en la estación Sabana Grande. Sí, definitivamente necesito una quesadilla y un cafe grande antes de ir a la casa.

Me bajo y camino por el Boulevard junto a un monton de gente. No sé por qué pero siempre me ha fascinado este Boulevard. Tan lleno de vida y de caos agradable. Sí, es un caos agradable. Llego al sitio que, para mí, es el mejor en golfeados y quesadillas. Pido lo mismo de siempre: una quesadilla y un café grande. “Son 20 Bs”, me dice la cajera siendo agradable conmigo. Ya me conoce la cara porque siempre voy y pido lo mismo.

Me entragan el pedido y le pego el primer mordisco a la llamada quesadilla. DIOS!!! Qué buenas son. Creo que si algún día me tomo en serio lo de irme del país, ésta sería una de las cosas que más extrañaría. El café es normalito. Bien caliente como siempre. Y esa combinación de quesadilla y café intercalados, es GENIAL... Sí, definitivamente necesitaba esto. Termino de comer, siendo precavido de dejar al menos la mitad del café.

Justo en la esquina del local hay un hombre que tiene todos los tipos de cigarros que alguien se pueda imaginar. Obviamente la cantidad de gente que se acerca no es normal. De todo tipo: oficnistas, otros buhoneros, estudiantes, rastas, bohemios, malandros, sifrinos, viejos, etc. Toda clase de gente pidiendo cualquier clase de cigarros. Sin dudarlo, le pido un Marlboro azul. Son tan dificiles de conseguir en los quioscos y él los tiene siempre, SIEMPRE..!!! “Son 3 Bs”, me dice, a la vez que me extiende el cigarro con un yesquero transparente de punta azul. Le pago y enciendo el cigarro. Wow, ese primer “jalón” es la gloria.

Continúo con mis labores de chimenea y sigo tomando mi café. Qué sensación mas extraña y placentera. No sé si será el café, la quesadilla, el cigarro o la combinación de los tres, pero siempre me siento como entonado cuando hago esa rutina. Es tan genial. Miro algunos afiches publicitarios en el callejón de la puñalada. Lo genial es que no son convencionales. Existe la tendencia de que sean publicidad para alguna actividad de arte independiente: ciclos de cines, obras de teatro, charlas, ponencias, exposiciones fotográficas, etc. Pero nada comercial. Qué genial ese callejón. En ese momento pienso y estoy seguro de que son los 23 Bs mejor invertidos en la vida. Solo 23 Bs para cambiar por completo mi humor y el terror del día. El placer es infinito.

Decido que ya es hora de irme a la casa. Camino por el Boulevard hacia la estación de Plaza Venezuela con la idea en la cabeza de que me pueden robar. Siempre tengo la misma sensación cuando hago ese recorrido.